lunes, 19 de julio de 2010

Hablando de James Dean



Cuando conocí a James Dean, era demasiado pequeña. Él llegó a través de la pantalla de una TV en blanco y negro y con un doblaje que hacía entrever la contradicción que genera un cuerpo dúctil y nervioso que refleja un complejo abanico de emociones en cada momento, en comparación, a una voz modulada y templada en formas políticamente correctas, que no registraba todo el movimiento que yo podía apreciar en ese bello animal escénico.

De la TV a la playa, hay sólo un paso y el olvido de lo que no casa despareció de mi atención en dos brazadas y tres saltos al mar. Personaje atormentado, no despertó, mi interés en una adolescencia placentera que recuerda su belleza física pero que de tan guapo y amargado, huye de la alegría de mis paseos, nunca solitarios, ni tristes, ni desaforados, ni impotentes, ni oculto de secretos inconfesables. 

El regreso, de su estampa, fue pequeño pero muy acertado, cuando empecé a subir a escenarios destartalados o que querían ser nuevos, no podía dejar de pensar ¿porqué no le decía a la Taylor lo que le decía a la taza de té que había puesto en medio? Su dominio de la técnica de las acciones físicas, me hacía volver, sin remedio a las notas que había tomado en mi libreta verde, atada con grapas, del cuaderno de dirección de Constantin Stanislavski.

Es siempre un placer auténtico revisar su corto pero impactante trabajo de actor de talento inigualable.

Aterrizando en Madrid, pude admirar la perfección de una técnica de acciones físicas perfectas, pude comprobar como las acciones físicas saltan de los objetos para anidar en un hermoso cuerpo, tejiendo líneas intrincadas de estructuras internas bien atadas. Y tuve acceso a versiones originales donde la contradicción entre la voz y el cuerpo daban paso a coherencias inimaginables donde la vivencia de la convención escénica adquiere matices de obra artística monumental.

Si se dobla por la dificultad de aprender idiomas, en este país, este país debería obligarse a hablar otras lenguas porque la estela imponente que actores de gran talla dejan impresa en espectaculares obras de arte no deberían perderse entre las modulaciones políticamente correctas de dobladores que haciendo de forma perfecta su trabajo, sin embargo, confunden a actores españoles de gran talento, haciendo que el nivel de la actuación escénica quede siempre roto en lejanas letanías de un texto que pasea por montañas y cuerpos que descansan en las playas. O cuerpos muertos, que emiten voces de gran vida.

De forma sospechosa cae luego una certeza al asistir al estreno en Madrid de una compañía Rusa, que sin traductor pone en escena "Seis personajes en busca de autor". Todo en Ruso perfecto, y sin embargo, todo el público entendió de principio a fin, aquella pieza de Pirandello.

Así que, al menos, el mundo actoral, debería plantearse estudiar todos estos trabajo en versión original.

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