lunes, 9 de mayo de 2011

De mi primer profesor de teatro

De mi primer profesor de teatro recuerdo muchas cosas, o en realidad, de él recuerdo, todo absolutamente todo. 


Llegó a Las Palmas a tomar descanso, en un apartamento pagado, justo enfrente de la Playa de las Canteras, mientras hablaba de lo que más le gustaba en el mundo. Y al final, de descanso, nada, olvido la arena y el agua para romperse en los acantilados de unos teatreros, que salían a escena, movidos por una pasión tan intensa que logró moverle el corazón y las entretelas de una mente vieja y puñetera pero lista, visionaria y fresca que resolvió incógnitas con un somero sometimiento a la observación más aguda y certera. Él era de aquellos viejos que sabían más que los ratones "coloraos" y que me enseñó, que sobre todas las cosas, lo más importante era las mismas líneas que marcaban la propia naturaleza orgánica creadora. 


Se sentó y vio y de lo que vio extrajo el máximo exponente, con paciencia ilimitada, que permitía la explosión de todas y cada una de las marcadas diferencias que le rodeaban. De millones de diferencias podías ver como se le estrujaba la cabeza hasta que daba con el hilo que lograba la unión en descabelladas y bellas formas que terminaban por reventarle hasta su propia alma. Murió joven, demasiado joven era aquel viejo que volteaba conciencias hasta encontrar la única solución posible a problemas tremendamente complejos y mientras moría, en su nariz llevaba colgado aún un manuscrito que titulaba "Estos son lentejas" donde divagaba sobre formulaciones prácticas para lograr revolución instantánea en el meollo de las artes escénicas y de rebote, y casi sin quererlo pero queriendo, arrebatar de viejos hábitos que no traen nada bueno a la sociedad entera.


Era un "peazo" lince, con el que aprendí que de "La razón pura" de Kant, se extraen conceptos eternos que dan brillo a la escena. Que de Nietzsche puedes sacar mágica "misa en escena". Que Freud era alguien importante si querías diseñar escenas con personajes complejos. Que la sociología era el compendio que mejor te ayudaba a descifrar las circunstancias en que se mueven los personajes. Que las matemáticas eran el motor de las historias, hasta comprender que un monologo es un diálogo entre A + B y que no hay forma humana para hacer de otra manera. Que Ferdinan de Seassurer era un tipo espléndido y que gracias a él estructurar, signo tras signo ycon plena conciencia, te ayuda a crear la comunicación más perfecta.


Con él estuve por primera vez en un teatro a la italiana, yo venía del teatro en espacios no convencionales, conocía el movimiento y las estructuras más complejas, pero él adivinó que en Caballito del Diablo yo iba a entender el valor real del secreto que guardaban actores, directores y técnicos entre los telares de un teatro viejo. 


Sin embargo, y a pesar de los miles de millones de recuerdos que guardo de palabras, sudor y trabajo con él, hay algo, una pequeña nota que siempre resuena en mi cabeza en cualquier momento en que debo convocar las perlas que él me regaló: "Si quieres saber si un actor está haciendo bien su trabajo, deja de escucharle y solo mira su cuerpo y las acciones que hace. Nunca te olvides de que la palabra es el salvavidas de un actor, no le escuches"


Fue ese grano de arena caído tontamente, en una conversación cualquiera, tomando el fresco para poder seguir hablando de teatro, cuando la noche ya caía casi muerta. Fue aquel grano pequeño de arena, que poco a poco, se convirtió en la perla, el que me obliga a ir tan lejos de palabras huecas y fue, ese, el grano, que sin querer terminó posicionándome justo en el espacio donde me convierto en Personal Branding que invita a ofrecer coherencia de principio a fin, entre lo que dices que eres y haces y lo que eres y haces de verdad. Porque, señores y señoras, no me queda duda alguna, después de ver y trabajar con actores, que es cierto que la palabra, es el salvavidas de un actor y que el público, sepa o no sepa de técnicas teatrales, si encuentra esta contradicción, dormita pintado en el patio de butacas, quieras tú o no quieras, aunque emitas el discurso escrito más hermoso de toda la historia de las letras que buscan la vida en escena.

Con el paso de los años, reconozco, que terminé siendo mente vieja, puñetera pero lista, visionaria y fresca y que siendo vieja, moriré joven porque, como él, nunca me olvidaré de dejarme sorprender por todo lo que toca mi vida. 


Mi primer profesor de teatro se llamaba Ángel Ruggiero.

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