lunes, 20 de diciembre de 2010

De cuando los colores se llenan de brillos

Nunca supe si el esfuerzo por llenar los colores de brillos eran los que traían estados de alegría que quiere ser compartida o es el estado vital, el que te obliga a buscar colores que se llenan de brillos. Lo que si es cierto, es que acercándose las fechas previstas para que sucedan tales escenas, las cajas guardadas saltan de los armarios y sus contenidos inundan todos los espacios levantado sonrisas que, si puedes compartir con los más pequeños, suman grados de altitud a un sentimiento que quizá sería perfecto prolongar durante cada día del año, aunque pensando, pensando "peazo" de esfuerzo.


Es la navidad como excusa o la excusa de la navidad pero se encadenan pequeñas notas que revisan recuerdos y se desatan acciones de atención que reclaman imágenes de vivencias que exigen volver al presente para determinar, el rumbo que seguirán en un futuro, todo tipo de relaciones que avisan de que el camino de los vínculos requiere parones por mil circunstancias que nunca son controlables pero que el sabor de las emociones, aún sin poder ponerles nombres, entreteje la tela con la que te vistes a diario.


De mi caja llena de colores brillantes salen experiencias de todo tipo, guirnaldas entrelazadas que buscan cumplir objetivos atados a intereses, en apariencia fríos y atadas a eventos. Bolas que hablan de encuentros con viejos y nuevos amigos que te obligan a tomar la penúltima. Estrellas que alumbran relaciones nuevas que se mueven por caminos impredecibles. Cintas que se engrandecen por ser responsable de vidas, que ni conoces, con las que compartes senderos que haces transitables. Luces que sueltan lágrimas por personas que bailan allá, a lo lejos, a los que ataste el corazón y muchos recuerdos en vidas que viviste y que luego dejaste para inventar nuevos paisajes. 


De mi caja saltan también canciones de los que cantaron y de los que no quisieron hacerlo enredadas llegan entre los saltos, bailes y besos olvidados que llegaron llenos de susurros de buenos deseos que me acompañan año tras año y que van enriqueciéndose con nuevos amigos que traen palabras, que no fueron todavía estrenadas y que andan coloreadas de brillos que mañana caerán en una caja más grande aguardando que pase un nuevo año que traerá millones de sueños que están por acabar.


En mi caja, hay recuerdos teñidos de navidades espléndidas, que pasas, visitando imágenes que trae la televisión de calles nevadas y hogares de leña, mientras tú solo conoces las estelas que dejan las aguas, en arenas, que siempre están calientes porque el sol las quema y en paisajes donde tomas, las fiestas, en manga de camina y morena, corriendo calles que llegan hasta la casa de la abuela para, deshacer luego caminos, hasta llegar a las tiendas donde reclamas adornos con los que vestir de guapo a un árbol donde aglutinar viandantes despistados para cantar juntos hasta que las cuerdas vocales aguanten la embestida un 24 cualquiera. Y en mi caja, también, guardo recuerdos de cuando las imágenes que creías nacidas de una imaginación desbordante y delirante que traía aquella televisión vieja, llena de calles nevadas y hogares de leña, se convirtió, por arte de magia, en el paisaje que visita una realidad que llena presentes enteros.


Y de todas estas épocas, siempre recuerdo que son el momento adecuado para dejar en casa la queja lastimera o la pereza y salir al encuentro de amigos con los que compartir la penúltima, mientras cuentas cuentos viejos para adivinar de entre todas las líneas escritas, cuales fueron las que quedaron a medias, para inventar un sueño, que convertir en reto y saludar al futuro con la cara pintada de colores de batallas por conquistar tierras que aún no fueron pisadas.

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